Se nos ha ido al Cielo

“Don Miguel se nos ha ido al Cielo”. Las noticias más duras se tardan poco en pronunciar y mucho en digerir. Me resulta imposible encerrar una personalidad tan completa en unas pobres palabras o una torpe descripción de dichos y hechos; pero sería injusto ni siquiera intentarlo.

Su sonrisa amable, que arruga los ángulos de su rostro, sigue presente en aquél ataúd de madera pálida. La casulla morada, enmarca su eterno rostro, como el que siempre fue. La salita del velatorio es demasiado fría para él, faltan sus propias bromas sobre su forma de morir, su imbatible buen humor. Su seriedad sobreactuada era la mejor forma de romper el hielo en una situación tensa y su risa de niño grande podía hacer saltar cualquier entrecejo fruncido. Ahora todo eso ha dejado paso a una serenidad total, don Miguel es el que siempre fue: el protagonista de una batalla decisiva, el ganador indiscutible del combate vital. Podía solucionar cualquier problema con una frase de Churchill y un giro teatral de su cigarrillo en el aire. No había problema del que don Miguel no pudiera extraer un punto positivo, hacer una ironía tumbativa o simplemente solucionar con un: “¡viva Miguel Ángel!”, con voz de niño pillo.

Aún le estoy viendo en la mesa de meditaciones, agarrado como a un bote salvavidas, predicando acerca de la fraternidad como el perfecto estratega en el campo de batalla. Le veo todavía con los codos en el borde de su ventana, saludando con una sonrisa y dándole una calada a otro eterno cigarrillo. Quedarán siempre en mi memoria sus gafas, cabalgando en el filo de su narizota, mientras él devora un nuevo libro sobre alguna de las Guerras Mundiales. Son imborrables sus muletillas inconfundibles, su forma de hacerte sentir querido de forma única, escuchado de manera absoluta.

Fue un sabio en la ciencia y en la vida. A pesar de su gigantismo intelectual, era capaz de admirar a cualquier universitario enclenque que se sentara en una de las butacas de su despacho. Sabía destrozar cualquier tipo de vanidad con su capacidad de resaltar lo valioso de cada uno. Resaltaba con maestría y gracia lo mejor de cada persona, haciéndose él a un lado, permitiendo crecer a las almas. Su gran cultura no hacía nunca sombra a los demás, fuera la conversación que fuera, él iluminaba y escuchaba, jamás apabullaba.

Don Miguel no ha caído en el campo de batalla. Don Miguel espera en su ataúd las medallas y condecoraciones que le trae una interminable y llorosa procesión de jóvenes universitarios y hombres y mujeres maduros. Son medallas al valor, a la alegría, a la paz, a la fidelidad, a la fraternidad. Don Miguel es un soldado que se ha retirado del campo de batalla con honores y victorias. Su vida, cuajada en frutos, se extiende en un mundo que para él nunca tuvo límites. Por fin podrá marchar a su verdadera Casa, con la cabeza bien alta y el pecho hinchado, al encuentro de Aquél por quien fue soldado, por quien entregó hasta el último suspiro de su grandiosa existencia.

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